Ciertas novelas de horror y de intriga llevan la indicación, muchas veces apócrifa, de que no deben leerse de noche. "Tres tristes tigres" tendría que cruzar una banda sobre la cubierta que diga Debe leerse de noche, porque el libro es una celebración de la noche. En una nota biográfica, Guillermo Cabrera Infante declaró que aunque podía reclamar legalmente la propiedad de su tierra natal (él asegura tener una abuela india) decidió regalarla a la erosión histórica y emigrar. Fue al final del éxodo cuando descubrió varios de sus amores, de sus obsesiones, de sus temas: La Habana, el inglés, la literatura, la jerga de la ciudad, las habaneras, el cine de día, la música total, los autos viajando y "también la nostalgia y la noche". La noche insular y urbana, habanera, es el protagonista de la novela y todas las noches quieren fundirse o se funden en la sola, larga noche del libro, que al final comienza a amanecer, lenta y reveladora. Y aunque "Tres tristes tigres" (el título viene de un trabalenguas infantil cubano) semeja una colección de camafeos (no de retratos) de Dorian Gray, sus personajes no son estos hombres y mujeres, ni siquiera las "desventuras de unos pocos" en los que vio "una historia, el mito". Sus héroes son la nostalgia, la literatura, la ciudad, la música y la noche y, a veces, esa forma actual de arte que parece reunirlas en una sola cosa: el cine. El único villano es la traición, pero no el delito humano, comprendido y perdonado, sino ese fatal crimen de lesa literatura que es la traducción y el libro termina en realidad con una inscripción doblemente dantesca: la palabra 'tradittori' escrita en el sueño.